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El que elige mal sus objetivos

Los juegos que incluyen subastas pueden provocar fácilmente que nos equivoquemos de objetivos. En la imagen, Alta Tensión.

Está muy de moda en estos momentos la literatura de la autoayuda. Bueno… Mentira, en estos momentos no. La bromita esta de la autoayuda ya hace años que dura. Lo más antiguo que recuerdo en este sentido son los libros de Paulo Coelho, Jorge Bucay y otros individuos de ese mismo gremio, y ya hace unos añitos que circulan por el mundo. Y es probable que, antes de esos, ya hubiera otras cosas. Lo más curioso es que siempre se encuentran entre los libros más vendidos del mercado.

A pesar de que cada gurú vende de forma distinta su infalible método para ser feliz (con grandioso éxito, como podemos comprobar indefectiblemente día tras día), el discurso predominante es el siguiente: “lucha por tus sueños y conseguirás todo lo que te propongas”. Y no digo que no sea verdad hasta cierto punto, ni digo que sea innoble luchar por los objetivos propios. Pero el verdadero problema es… ¿Y si resulta que en realidad nuestros sueños son una mierda?

Entre tanto consejero que me dice cómo convertir en realidad mis objetivos, echo mucho de menos a alguien que me me guíe en qué objetivos elegir. Cómo elegirlos. Con qué criterio. Si le dan un par de vueltas al tema verán en seguida que no es ninguna idiotez. De mi vida misma podría poner ejemplos de cosas que me he sacrificado por conseguir, y que una vez que las he tenido no han hecho más que traerme problemas, algunos graves. Ahora no quiero aburrir al lector con detalles nimios, pero seguro que si cada uno hace un ejercicio de sinceridad en su fuero interno verá lo que quiero decir. Y si no, mi más sincera felicitación.

Una vez lo viví en el mismo Club Amatent, en una partida al Ciudadelas. Estábamos en la que previsiblemente sería la última ronda del juego, y sólo necesitaba un distrito más para cerrar la ciudad. En la elección de roles me pasaron asesino, obispo, condotiero y ladrón. La jugada estaba clara: con coger el asesino y matar al condotiero tenía suficiente, la ciudad quedaba protegida y la victoria casi segura. Pero como había otro rival que también iba a cerrar la ciudad ese turno, me obsesioné con plantar una carta cara. Así, cogí el condotiero para poder robar algunas monedas extras. El condotiero fue asesinado y perdí la partida. Objetivo equivocado.

Algo parecido me ocurrió jugando al Goa. De hecho, creo que este es un mal bastante frecuente de los juegos que incluyen algún sistema de subastas. Me marqué como objetivo ser, durante toda la partida quien más dinero tenía, para salir con ventaja en todas las subastas. Y de hecho lo conseguí. Sólo me sirvió para quedar el último.

Los juegos, como la vida, nos demuestran que lo mejor no es siempre sinónimo de lo bueno, y que lo que nos gustaría no tiene por qué coincidir con lo que nos conviene. Nos incitan constantemente a que luchemos por cosas, sin obligarnos a parar a pensar, antes, si tienen algún sentido. Estaría bien plantearse que quizás, y sólo quizás, algún día podremos llegar a burlarnos de nuestras propias ilusiones.

Estoy muy lejos de desear que el lector me meta en el saco de los autayudadores profesionales, pero por una vez, le daré un consejo que a lo mejor le es de alguna utilidad en la vida. Sea práctico, amigo lector. No se deje seducir por sus propias ideas. Puede que sean estúpidas. Al fin y al cabo, ganar es lo único que cuenta.

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El que agota al rival

Aparentemente, el agotamiento del rival no está en los planes de nadie. O por lo menos, no de entrada. Pero el caso es que muchas veces se da esa situación de hastío mental en la cual ya no importa ganar o perder. Cualquier cosa, con tal que se acabe la partida de una puñetera vez. Y lo cierto es que ganar así es tan legítimo como ganar de cualquier otra forma.

En la vida me he encontrado varias personas dispuestas a no rendirse nunca. Explicado así, pocas personas podrían decir que no es una virtud. Pero a veces les pasa que no encuentran a un adversario que esté a la altura. Esa predisposición a no rendirse nunca resulta cansina para muchos.

Analizando el problema, está claro que no todas las personas le damos el mismo valor al hecho de ganar. Para algunos es una forma de vida, mientras que para otros sólo es una forma de matar el tiempo. Y aún hay unos terceros, entre los que me incluyo, que valoran mucho la victoria, pero que si no la consiguen saben que otro día y en otro juego se darán el placer de ganar. Pero hay un tipo de jugador que está predispuesto a marear al rival hasta que no le quede más remedio que apartarse del juego. Para este adversario, lo más importante no es hacer un juego brillante. No es, ni tan sólo, ganar. Sólo que el contrario se retire. Demostrar que se es más. Y que el otro se ha empequeñecido.

¿Y cómo suelen actuar estos sujetos? Comienzan con una cierta sorna, con un cuestionamiento constante de todo lo que se hace. Que si esta no es la acción pertinente, que si con esta estrategia te voy a fundir, que si no durarás ni dos turnos, que si no te has estudiado bien el reglamento… Que nadie se asuste; eso no suele tener nada que ver con que lo estemos haciendo bien o mal. Como todo en esta vida, es una estrategia. Para que nos sintamos incómodos. Y para que empecemos a pensar que realmente no estamos al nivel exigido.

Otra característica importante del que agota al rival es que es un bocazas. Revela constantemente todo lo que va a hacer (es un tío transparente, eso sí que lo tiene). Tendrá la amabilidad de contarnos, con todo lujo de detalles, cómo piensa darnos la soberana paliza. ¿Verdad que de entrada parece una táctica bastante idiota? Pues no lo es. De esta forma consigue, aunque sea inconscientemente, que las acciones de su rival sean previsibles. Así, prosigue con el objetivo de llevarse la partida a su terreno.

El golpe de gracia es que el que agota al rival hace que la partida se alargue una eternidad. Si ya sus constantes idas y venidas por el reglamento, sus sobrantes comentarios y sus interminables análisis/parálisis hacían el juego más extendido de lo normal, sus acciones de la partida también van encaradas a ese objetivo. Normalmente, llegados a este punto, el rival valora que ha hecho lo que ha podido y se retira. Y no le importa pensar en que aún podía ganar, sólo quiere alejarse de esa mesa de juego.

Ganar porque el rival se rinde no me gusta en absoluto. Siempre me deja en el cuerpo esa sensación tan desagradable de victoria poco digna. Pero no me quejo. Muchas veces, soy yo el que se retira de la partida. A veces una retirada a tiempo es más resultona. Y siempre se puede soltar alguna frase del estilo “con tu pan te lo comas”.

El que se obsesiona con la victoria

Garry Kasparov se colgó a sí mismo la etiqueta de “peor perdedor de la historia”. Se sintió tan humillado por la derrota contra la computadora Deep Blue que se retiró a Inglaterra durante un año a meditar sólo sobre eso.

Es bastante fácil, en el mundo lúdico (y también en nuestro día a día) encontrarnos con toda una serie de personas a las cuales sólo les vale ganar. La derrota, en sus mentes, no es un escenario posible. Aunque si llega a producirse, ello les provoca un enorme sentimiento de culpabilidad que conduce de forma inexorable hacia la autoflagelación, que puede durar días, semanas o incluso meses. No traten de consolarles: es misión imposible.

Antes de continuar, me gustaría dejar muy claro que el obseso del ganar no tiene nada que ver con un tramposo que cree en la victoria a cualquier precio. Ni mucho menos. A diferencia del tramposo, que tiene serios problemas de autoestima, el ganador nato tiene un ego demasiado grande como para dar cabida a algo tan manido y de bajo perfil como las trampas. Él quiere una victoria limpia e inapelable. Desea que, cuando explore su conciencia, sólo encuentre motivos para la autosatisfacción. Ganar tiene que ser sólo mérito suyo, o no le valdrá para nada.

De hecho, es probable que incluso se sientan molestos cuando vencen por culpa de un despiste del contrario, por un golpe de buena suerte o simplemente porque el adversario no se tomaba el juego tan en serio como él. Cuanto más fuerte sea el rival a batir, tanto mejor.

Como los obsesos de la victoria son seres humanos, pueden equivocarse y perder. El camino que deben recorrer entonces es largo y arduo. Generalmente suele ser un amplio período de tiempo en hibernación mental, analizando qué han hecho mal, y qué podrían haber hecho mejor. “¿Por qué he perdido?”, es la frase que retumba de forma obsesiva en el interior de sus mentes. Son poco amigos de buscar excusas y de echar la culpa a los demás, aunque su actitud acaba siendo molesta para la gente de su alrededor, porque tiene tintes de ser maníaca.

El que se obsesiona por la victoria es también un verdadero fan de las revanchas. Siempre que sea posible pedirán repetir la partida… Los mismos rivales, el mismo juego, y a ser posible las mismas circunstancias. No acostumbran a ser derrotados una segunda vez. Le han dado tantas vueltas que es muy difícil encontrar algo que escape. Necesitan demostrar, no a los demás, sino a sí mismos, que son capaces de superar cualquier situación.

Si algo tienen de bueno los que nunca quieren perder es que no ven ningún obstáculo, ninguna barrera. A menudo, los juegos que más nos gustan son aquellos que se nos dan bien. Difícilmente nos aficionaremos a un juego al cual perdemos siempre. Pero los “antiderrotas” no son así. Un juego que se les da mal es un reto para ellos, y no pararán hasta dominarlo. Su mente extraordinariamente analítica dará vueltas y vueltas al juego hasta que encuentren una forma de “romperlo”, como solemos decir.

Pero también tienen un lado malo, y este es lógicamente su mal perder. Una persona que se culpa en exceso de sus propios errores (más aún si consideramos que son insignificantes) suele ser poco agradable. En esta vida, hay pocas cosas tan peligrosas como un ególatra con el orgullo herido.

El que hace trampas

Portada de De Viribus Quantitatis, uno de los libros más antiguos conocidos dedicados a las trampas.

Portada de De Viribus Quantitatis, uno de los libros más antiguos conocidos dedicados a las trampas.

Tema poco amable, el de las trampas. Me estoy arriesgando y lo sé. Pero, en un blog donde se habla de un paralelismo entre el juego y la vida, es poco menos que tema obligado. Antes de que el lector dé media vuelta y se cambie a alguna otra página de nombre impronunciable, le pido que considere la siguiente cuestión. ¿Existe realmente alguna situación en la vida totalmente libre de tramposos?

La historia misma contesta a la pregunta. Parece ser que las trampas son tan antiguas como el propio juego. Los romanos, que eran unos enfermos de los dados y las apuestas (moda posiblemente heredada de los íberos) ya se habían inventando los mil y un chanchullos para obtener “casualmente” los resultados que necesitaban, y se ve que incluso algunos célebres emperadores se dieron a esta práctica. En los naipes, por citar otro ejemplo, el primer libro de trucos y subterfugios escrito para hacerle la pirula al rival (De viribus quantitatis) es casi tan antiguo como la primera baraja que se conoce (el Tarot de Marsella). Tela.

Entendemos por tramposo aquel que no respeta las reglas, deliberadamente, con el objetivo de obtener alguna ventaja sobre sus rivales. Un detalle importante es que procura que los demás no se enteren. Un juego suele tener unas normas que dan sentido tanto a su estructura como a los objetivos que propone. Además, han sido aceptadas como válidas por todos los jugadores, y sólo con esta convención el pasatiempo lúdico tiene algo de sentido. Pero él no lo percibe así. Para el fullero, lo más importante es ganar. O mejor dicho, que los demás crean que ha ganado. El “el fin justifica los medios” llevado a su máxima expresión.

¿La ejecución? Hay mil maneras. Ese vistazo a las cartas cuando no se puede, ese cambio en las fichas cuando nadie mira, un trucaje en los dados, cambiar de orden las cartas del contrario, robar un punto de victoria en secreto… Obsérvese que todos los ejemplos citados se basan en el engaño. Ni que fuera en una ficción procedente de una dimensión paralela, me gustaría ver cómo sería el mundo si el engaño fuera imposible de ocultar. Las risas durarían un rato largo.

Una de las características que más me divierte de los tramposos es que ellos no se consideran tales. Entienden que las trampas son legítimas, pues forman parte de la vida misma. Si están bien hechas, claro (es decir, si no te pillan). Todo se rige por la ley de la selva y hay que espabilarse. Al tramposo le parece perfecto que haya normas y cosas de esas, pero su objetivo está por encima de ellas, y saltárselas forma parte de su forma de ser. Es más, si esquivar la norma supone un desafío al ingenio, tanto mejor. Aquí la trampa se eleva ya a la categoría de arte.

En resumen: el tramposo es ese que nos torea y encima tenemos que tragar con su superioridad moral y reírle la gracia.

Lo peor de esta suerte de individuos es que es muy difícil sacárselos de encima. La única forma es pillarlos. Y cuesta, porque lo crean o no suelen ser muy listos. De vez en cuando sale alguno tonto y todo el mundo se ríe de él (véase cualquier personajillo de estos que sale en las portadas de los periódicos), pero no es lo habitual. Así que ya lo saben: por cada tramposo que descubran, sepan que hay nueve que se han salido con la suya. Y ya se sabe quiénes son los que se consuelan cuando el mal es de muchos.