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El que hace trampas

Portada de De Viribus Quantitatis, uno de los libros más antiguos conocidos dedicados a las trampas.

Portada de De Viribus Quantitatis, uno de los libros más antiguos conocidos dedicados a las trampas.

Tema poco amable, el de las trampas. Me estoy arriesgando y lo sé. Pero, en un blog donde se habla de un paralelismo entre el juego y la vida, es poco menos que tema obligado. Antes de que el lector dé media vuelta y se cambie a alguna otra página de nombre impronunciable, le pido que considere la siguiente cuestión. ¿Existe realmente alguna situación en la vida totalmente libre de tramposos?

La historia misma contesta a la pregunta. Parece ser que las trampas son tan antiguas como el propio juego. Los romanos, que eran unos enfermos de los dados y las apuestas (moda posiblemente heredada de los íberos) ya se habían inventando los mil y un chanchullos para obtener “casualmente” los resultados que necesitaban, y se ve que incluso algunos célebres emperadores se dieron a esta práctica. En los naipes, por citar otro ejemplo, el primer libro de trucos y subterfugios escrito para hacerle la pirula al rival (De viribus quantitatis) es casi tan antiguo como la primera baraja que se conoce (el Tarot de Marsella). Tela.

Entendemos por tramposo aquel que no respeta las reglas, deliberadamente, con el objetivo de obtener alguna ventaja sobre sus rivales. Un detalle importante es que procura que los demás no se enteren. Un juego suele tener unas normas que dan sentido tanto a su estructura como a los objetivos que propone. Además, han sido aceptadas como válidas por todos los jugadores, y sólo con esta convención el pasatiempo lúdico tiene algo de sentido. Pero él no lo percibe así. Para el fullero, lo más importante es ganar. O mejor dicho, que los demás crean que ha ganado. El “el fin justifica los medios” llevado a su máxima expresión.

¿La ejecución? Hay mil maneras. Ese vistazo a las cartas cuando no se puede, ese cambio en las fichas cuando nadie mira, un trucaje en los dados, cambiar de orden las cartas del contrario, robar un punto de victoria en secreto… Obsérvese que todos los ejemplos citados se basan en el engaño. Ni que fuera en una ficción procedente de una dimensión paralela, me gustaría ver cómo sería el mundo si el engaño fuera imposible de ocultar. Las risas durarían un rato largo.

Una de las características que más me divierte de los tramposos es que ellos no se consideran tales. Entienden que las trampas son legítimas, pues forman parte de la vida misma. Si están bien hechas, claro (es decir, si no te pillan). Todo se rige por la ley de la selva y hay que espabilarse. Al tramposo le parece perfecto que haya normas y cosas de esas, pero su objetivo está por encima de ellas, y saltárselas forma parte de su forma de ser. Es más, si esquivar la norma supone un desafío al ingenio, tanto mejor. Aquí la trampa se eleva ya a la categoría de arte.

En resumen: el tramposo es ese que nos torea y encima tenemos que tragar con su superioridad moral y reírle la gracia.

Lo peor de esta suerte de individuos es que es muy difícil sacárselos de encima. La única forma es pillarlos. Y cuesta, porque lo crean o no suelen ser muy listos. De vez en cuando sale alguno tonto y todo el mundo se ríe de él (véase cualquier personajillo de estos que sale en las portadas de los periódicos), pero no es lo habitual. Así que ya lo saben: por cada tramposo que descubran, sepan que hay nueve que se han salido con la suya. Y ya se sabe quiénes son los que se consuelan cuando el mal es de muchos.