Archivos Mensuales: febrero 2015

El prescriptor inestable

2013-10 Essen (3)

Como sabe el lector habitual, la idea de este sitio es usar el mundo de los juegos para intentar diseccionar un poco el cerebro humano (sin necesidad de hacer un estropicio) y entendernos un poco mejor a nosotros mismos, observando nuestra actitud reflejada en los tableros de juego. Hoy torturaré a los visitantes con otra de mis irracionales obsesiones que he descubierto hace poco, pero que seguramente padezco desde hace bastante tiempo. Se trata de la modofobia. O fobia a las modas.

Me explico. Disfruto mucho destrozando las cosas que gustan a mucha gente. Cuando algo se pone de moda busco todos los pretextos posibles para ser un detractor acérrimo de ello (y suelo encontrarlos sin demasiada dificultad, dicho sea de paso). Y siento un placer inexplicable al hacerlo. Pero el hecho no termina ahí: si en algún momento la gente aborrece algo, entonces paso a verlo con mejores ojos y quizás incluso acabe defendiéndolo (y afirmando, por supuesto, que yo siempre había sabido que era una genialidad). No sé si es la búsqueda del ser diferente o alguna clase de sociopatía en un grado muy bajo.

Hasta aquí, a más de un lector le habrá parecido sin duda que esta forma de ver las cosas no tiene ninguna lógica y mucho menos un criterio. Pero le invito a que analice la secuencia de hechos que le presento a continuación. En el ámbito lúdico es lo que yo llamo “el ciclo autorístico”. Cojamos un punto aleatorio del tiempo, y centrémonos en un autor: Reiner Knizia (que es un diseñador de juegos, para quien no esté al caso). La cosa iría más o menos así:

Reiner Knizia es Dios.

(Al cabo de unos meses…)

Uwe Rosenberg es Dios, Knizia no era para tanto.

(Al cabo de unos meses…)

Stefan Feld es Dios. Rosenberg es flojito y Knizia es directamente una mierda.

(Al cabo de unos meses…)

Stefan feld está out, ahora el que mola es Phil Eklund. Rosenberg se repite como el ajo y de Knizia mejor ni hablemos.

Y así podríamos continuar con “el ciclo autorístico” hasta el infinito.

Creo que, entre estos ciclos y la “pequeña obsesión” que he confesado al inicio realmente hay algo en común: las dos cosas son igual de arbitrarias. Pongo el ejemplo de los juegos, pero este ciclo es algo que se observa en muchos otros aspectos. Sírvase cada uno de coger el ejemplo que más le guste y comprobará que estas modas son cíclicas y están condenadas a repetirse: es la tiranía de la tendencia.

Nuestros gustos son cosas, no diré aleatorias, pero sí contingentes. Están condicionados por una infinidad de factores y nuestros intentos de justificarlos son sofismas bien construidos en el mejor de los casos, por más que nos empeñemos en defender que son “personales”. Al final, la razón por la que un juego nos mantiene enganchados al tablero es inexplicable. Sencillamente nos gusta. Lo mismo ocurre con un libro o con una película. No se puede explicar la razón. Verbalizar ese placer no es posible, a menos que sea para valorarlo en comparación con otra cosa.

No deberíamos fijarnos tanto en autores, editores, épocas, tendencias, contextos… ni siquiera en nuestros gustos. Al final, la impresión es que todo eso acaba siendo ruido que nos distrae de lo más importante: disfrutar de un producto cultural que tenemos ante nuestros sentidos. Por eso, cuando nos pregunten por qué nos gusta algo, la respuesta más convincente es: “y yo qué sé”. Nadie nos tomará por sabios, pero al menos dejaremos de engañarnos a nosotros mismos haciéndonos creer que tenemos algo de criterio.