El que siempre agrede

Dispara primero, pregunta después. Se da la circunstancia de que el 90% de los juegos de este mundo permiten, casi siempre, dos opciones estratégicas más o menos bien definidas: atacar o defender. Hacer tu juego o destrozar el del de en frente. Ambas muy lícitas. Un correcto balance entre ambas suele ser la clave de la victoria, amén de la correspondiente interacción con el resto de jugadores. Es aquí donde nos encontramos con toda una raza de individuos que, sea cual sea el objetivo de la partida, agredirán a los demás tan pronto como puedan, y de la forma más perjudicial posible. Les importará muy poco que eso no les conduzca a la victoria: por lo menos habrán fastidiado a alguien.

Antes de continuar, creo necesario matizar qué entiendo por conducta agresiva, ya que ni mucho menos me refiero sólo a estar dispuesto a darse de leñazos con la concurrencia (si acaso eso sería conducta violenta). Me refiero más bien a una actitud de amenaza permanente. Al aquí estoy yo y pórtate bien. La agresividad puede ser física, verbal, gestual y psicológica, esta última realmente sutil y dañina.

Todos nos hemos topado alguna vez con la agresividad psicológica. En una conversación, por ejemplo, aparentemente normal, hablando con otras personas de cualquier tema… De repente uno de los interlocutores se siente herido (por el motivo que sea), y pasa el resto del encuentro tratando de descalificar al supuesto ofensor. Y da igual que lo haga con educación: agrede, al fin y al cabo. “Estar a la defensiva”, lo llaman, aunque es una expresión muy desacertada, en todo caso supongo que se quiere decir “estar a la ofensiva”.

Y ¿por qué motivo una persona siente que debe comportarse de forma agresiva? Pues puede haber muchas razones. De hecho, puede ser por casi cualquier cosa. Un miedo, una frustración, un afán de protagonismo, que el agresor se sienta solo, amenazado, indefenso,… Incluso puede que tenga la sensación de que él ha sido el agredido en primer lugar, y que sólo está pagando con la misma moneda. En el trasfondo, el sentimiento casi permanente de esa malsana inferioridad que sólo puede ser remediada cortando cabezas. Como ya se ha dado a entender, los verdaderos maestros de la agresión son los que actúan con una sutilidad psicológica tal, que de ser empleada para otros fines resultaría exquisita.

Afortunadamente, el reglamento suele poner las cosas en su sitio, y es raro que los agresores compulsivos acaben ganando algo. Como mucho conseguirán enzarzarse en una lucha falta de sentido con alguna víctima (¡asequible!) que pillen por el camino, mientras algún jugador inteligente aprovechará la situación para hacerse con la victoria. Pero al menos habrá conseguido que su víctima pierda.

El verdadero problema es que, a los agresivos, con eso les basta.

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Publicado el 15 abril 2012 en Estrategia, General y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 8 comentarios.

  1. Muy buena entrada, sobre un tema que los que solemos jugar acabamos sufriendo.
    Creo que todos hemos padecido ese jugador que tiende al ataque, sin razón, y muchas veces sin beneficio. Creo que hay que jugar para ganar, y ello puede implicar ataques, pero si estos te acercan a la victoria.

    • ¡Gracias, Kikaytete! Lo cierto es que tengo comprobado que un jugador que hace eso, en su vida cotidiana su actuación se parece bastante… Siempre a la ofensiva, como decía. Un abrazo.

  2. Interesante entrada, invita a la reflexión y todos tenemos experiencias constantes en este sentido a nuestro alrededor que ilustran el tema. Sin embargo difiero: por desgracia, los agresores compulsivos ganan a menudo a base de codazos, chantaje y/o astuta inteligencia.

    • Desgraciadamente tengo que darte la razón; para ellos fastidiar a los demás es una victoria, pero por suerte el triunfo “de verdad” no suelen llevárselo… Aunque de vez en cuando hay alguno que gana contra pronóstico y es ahí donde maldices el azar 😉

  3. Premi Liebster Blog de part del Club Amatent (amb un petit comentari).

    http://amatent.blogspot.com.es/2012/04/premi-liebster-blog-al-club-amatent.html

    Salutacions,

  4. Es verdad, a uno incluso le escuché decir, cuando le tocó su turno: “a ver qué puedo putear…”. Es una manera de vida. Fijo que es el típico que debe chinchar a sus novias haciéndolas sentir como una mierda.

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