El que no admite su suerte

Terra Nova

Terra Nova, un juego que, supuestamente, prescinde completamente del azar.

“La suerte no existe, la suerte es del que la busca”. De todos los tópicos repetidos como un mantra sin ningún fundamento y sin sentido que he escuchado en la vida, que son muchos, este es indudablemente el peor. Disculpas a los lectores que más de una vez lo habrán empleado, con la mejor de las intenciones indudablemente. Pero ellos mismos, si examinan la frase críticamente y con frialdad, en seguida percibirán su carga malintencionada de falsedad, de vanidad, de ingratitud, de manipulación de la realidad e incluso de crueldad.

A uno puede o no gustarle la existencia del azar. Puede decirse que, en un juego, influye más o influye menos. Pero lo que no puede hacerse de ninguna forma es negar su existencia, con el propósito de atribuirse un falso mérito. No en vano, la existencia misma de la vida (e incluso del Universo) podría deberse a una circunstancia azarosa, o al menos eso es lo que muchos defienden. Es una realidad que sólo escapa a quien no desea verla: la supuesta inexistencia de las coincidencias no se basa en nada y, hoy por hoy, es un autoengaño tan tóxico como cualquier otro.

El ser humano es una rata a la que han dejado suelta en medio de un laberinto de circunstancias (un “juego de situaciones”) totalmente aleatorias, y ello implica necesariamente que algunas serán peores que otras. Algunas ratas serán más hábiles para sobrevivir y otras incluso serán capaces de gestionar las circunstancias más desfavorables a su favor. Pero aún así, nuevamente, nos encontramos ante la influencia de sus habilidades, determinadas por el azar de la genética. Así que otra vez nos topamos con la omnipresente suerte, nos guste o no. Por lo tanto, las ratas a quienes les han tocado las peores situaciones tienen derecho a cabrearse con las otras, cada vez que las hacen sentir culpables por estar en la parte mala del laberinto.

Decimos que la suerte no existe, simplemente, para crear para nosotros mismos una falsa sensación de control. En ocasiones lo hacemos para no tener que reconocer que hemos tenido eso que llaman “potra”, ante la infalible oportunidad de colgarnos un mérito.

Si aún así el lector sigue opinando que el azar no existe y que todo es una cuestión de actitud (o de estrategias), le sugiero el siguiente experimento: láncese un dado (normal y corriente, vamos, el de toda la vida), concentrándose y poniendo todas sus “vibraciones” y su “actitud positiva” en que salga un seis. Independientemente del resultado, puede repetirse el experimento indefinidas veces, y es importante ir anotando todos los resultados en una hoja. Una vez satisfecho, pídase a otra persona que haga exactamente lo mismo, el mismo número de tiradas, y luego a otra, y luego a otra… y así hasta tener a unos diez sujetos. Compárense todos los resultados, y obsérvese si hay alguna diferencia significativa entre todos los sujetos.

Luego, que acudan a este blog y que vuelvan a decir que la suerte es de quien la busca.

El que no sabe perder

Como el lector asiduo habrá podido leer en alguna ocasión en la cabecera de este modesto blog, ganar nos gusta a todos. Pero hay una verdad aún más palmaria detrás de esta afirmación: todo el mundo odia perder.

Hace unos años, cuando un servidor rondaba la dura edad de 14 años, fui testigo de una historia que todos hemos presenciado en nuestra vida de una forma u otra: dos chicos que se peleaban por una chica. Ciertamente, tenían sus razones. Ella era guapa, divertida e inteligente (todo lo inteligente que se puede ser con 14 años).

Los dos contendientes competían fieramente por la victoria, cada uno con sus armas. Uno empleaba más bien la fuerza bruta: imponerse de forma activa y exhibiendo sus recursos (en forma de músculos). Su estrategia era agresiva y llevaba la iniciativa. Su rival, por contra, era sibilino, atacaba siempre por la retaguardia y su gran arma era una dialéctica barata pero efectiva. Es decir, dejaba la iniciativa a su oponente y reaccionaba (por cierto; por aquel entonces, el autor no se planteaba objetivos parecidos a éste, más que en tenebrosas ensoñaciones nocturnas muy ocasionales que siempre se quedaban en el plano de la fantasía épica).

Por supuesto, esta clase de partidas no son nunca uno contra uno. Aquí siempre hay una tercera parte que, por cierto, es quien más tiene qué ganar.

No voy a explicar el desenlace de la historia, por respeto a esas personas, no vaya a ser que dé la casualidad de que están leyendo y se sientan identificadas. Tan sólo diré que finalmente hubo tres perdedores, y que los tres tuvieron bastante mal perder. Lo cual me lleva a una nueva reflexión: ¿estamos realmente preparados para perder?

No conozco ninguna derrota que esté completamente exenta de consecuencias. Uno va a una entrevista de trabajo a conseguir trabajo. Por mucho que esté de moda la psicología barata y los principios básicos de la autoestima basada en la nada, tener que afrontar una derrota es una desgracia, y aceptar eso es el primer paso para digerir una. No admitir que odiamos perder es, por contra, el primer paso hacia el no saber hacerlo nunca más.

Después de ya algunos meses escribiendo en este blog, sí que aprecio una diferencia importante entre los juegos de mesa y la vida: en los juegos se gana de vez en cuando.

“Usted no puede ganar
Usted no puede empatar
Usted no puede abandonar la partida”

El que se siente superior

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Llega un momento en la vida de todo ser humano en que siente curiosidad por alguna de las centenares de miles de cosas que lo rodean. Los snobs lo llaman “hobby”. Las personas un poco más normales lo llaman “afición”.

Aficiones las hay muchas y de muy diversos tipos. Hay quien le da por cuidar peces de acuario. Hay quien diseña magníficas maquetas a partir de palillos. Hay quien transforma su casa en un gigantesco museo del ferrocarril en miniatura. Hay quien prefiere practicar un deporte. Y aún hay quien comienza a plantar flores en su terraza. Como podrá comprobarse, cada una exige unas cualidades, unos conocimientos y una dedicación diferentes, pero todas son, en principio, igual de loables.

No obstante, todas tienen, en general, una característica común. Y es un tanto molesta, por cierto. Quienes la practican piensan que la suya es la mejor.

Así, de entrada, no tendría por qué ser algo malo. Es como el que se casa pensando que su mujer es la más guapa, por ejemplo. El verdadero problema comienza cuando, alrededor de ese “hobby”, comienza a generarse un sentimiento de pertinencia al grupo, primitivo como él solo, que empieza a generar una barrera invisible entre los que están dentro y los que están fuera. Tampoco eso tendría por qué ser un problema si no fuera porque los que están dentro comienzan a crecerse, posiblemente porque acaso esa pertinencia sea lo único que les hace sentir superiores.

Es en ese punto cuando la prepotencia y la soberbia amenazan con asomarse a saludar. No siempre lo hacen, que quede bien claro, pero el peligro existe. Quien esto escribe ya ha recorrido el caminito de unas cuantas aficiones, e indudablemente pocas se escapan de ese lastre.

Los elementos contaminantes suelen responder al perfil de una persona hostil, siempre dispuesta a buscar el enfrentamiento. Verbal, la mayoría de la veces. Suelen mostrar su superioridad siempre que tienen la ocasión, mantienen la distancia, las apariencias y conocen su especialidad hasta la obsesión. Acaban convertidos en grandes gurús; y como tales se comportan: o les haces reverencias o eres su enemigo. Su desprecio es notable con los recién llegados a la afición, y aún mayor con los que manifiestan no sentir interés por ella.

Esa situación es peor cuando el hobby practicado, se supone, es marcadamente social. Pensado para practicarse con seres humanos y para relacionarse con ellos. Pensado para que más y más gente se sume a él. Es inevitable que algunos (aunque sean pocos) lo confundan con un concurso de tamaños cerebrales cuya competitividad les ayuda a suplir otras carencias. Es aquí cuando uno piensa, “a ver si esta afición resulta que es en realidad una mierda”.

No desesperemos. Démosle más oportunidades.

El que desprecia el azar

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Los dados. Las cartas de evento. El orden de aparición de las fases. Esa loseta que falta y que nunca sale. Son elementos que, esencialmente y exceptuando la trampa, el ser humano no puede controlar. Del mismo modo que no pude controlar una fuerte tormenta, la órbita de un cometa, cuándo cambiará la dirección del viento o cuándo su salud dejará de responder.

Si bien un día ya se habló aquí de emplear el azar como excusa ante la derrota, la presente entrada se propone hablar del jugador que, directamente, huye de esos juegos que tienen eventos aleatorios, posiblemente por su fobia al caos y por su impotencia a la hora de sentir que hay cosas que escapan de su control. Un jugador que rechaza los dados con un punto de manía persecutoria. De corazón muy noble, todo hay que decirlo. Quiere que la victoria, la consiga quien la consiga, sea justa e inapelable, y que no pueda atribuirse a sucesos dependientes del azar o a circunstacias que, de no producirse, habrían desviado la victoria hacia otro lado.

Durante muchos años, este humilde bloguero ha sido detractor del azar. Los juegos deben ser un combate entre dos mentes, pensaba. No puede ser que una victoria o una derrota dependa de una tirada de dados. Pero posteriormente, en una reflexión un poco más fría y meditada, aparece una pregunta mucho más importante, más básica que cualquier consideración lúdica. ¿Qué nivel de azar existe en la vida?

Lo básico: al nacer, lanzamos un dado de 200 millones de caras, que determinará en qué lugar y en qué época (sí, eso también cuenta) vamos a nacer. Posteriormente, tomamos cartas de evento aleatorias de una baraja de cerca de 6.000 millones de naipes, que determinarán quiénes son nuestros progenitores, y con ello, qué hogar nos dará cobijo y en qué ambiente creceremos. Añadamos unas cuantas losetas de genética, que posiblemente condicionen nuestro carácter, nuestra salud y nuestras posibilidades. Ya hemos definido con esto millones de hechos circunstanciales totalmente aleatorios, y eso que aún no hemos siquiera nacido.

Entonces… ¿por qué minimizar el azar en los juegos? ¿Eso hará nuestra estrategia menos brillante? ¿No tendrá el mismo mérito, o incluso más, una victoria que nos haya obligado a adaptarnos a las circunstancias de cada momento? ¿No consiste la vida, precisamente, en demostrar un hábil manejo y una camaleónica adaptación ante situaciones azarosas?

Ignoro en qué grado influye la propia voluntad del individuo en este trocito del Universo llamado mundo. Podría llenar esta página con citas y citas de los más célebres pensadores y sus apreciaciones acerca del azar: desde los que niegan su existencia hasta los que lo elevan a la categoría de divinidad; y aún así sería imposible llegar a una evidente conclusión. El debate es probablemente infinito y no es pretensión del autor retomarlo ahora.

Sin embargo, creer que en nuestras vidas todo es controlable, pensar que “la suerte es de quien la busca” y postularse como amo y señor del propio destino vital es algo que sólo puede hacerse desde una gigantesca soberbia. O desde el más profundo desagradecimiento, que viene a ser peor.

El que sufre ansiedad por las novedades

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Por motivos que no vienen al caso, recientemente, mi colección lúdica ha cambiado de ubicación. Después de asegurarme una y mil veces que encaja bien y disfruta de una correcta ordenación en el nuevo hogar, la observé, cual narcisista que se contempla la parte preferida de su cuerpo con ojos libidinosos y onanísticos. La sensación que provoca este ejercicio es confusa, ya que convergen tres emociones aparentemente contradictorias: la satisfacción de que empiece a ser una ludoteca amplia y variada, la culpabilidad al darte cuenta que tienes piezas que aún no han sido estrenadas, y finalmente la ansiedad. Ansiedad por querer tener más y más siempre.

Lo llaman el mal del coleccionista. Consiste en que una colección nunca, jamás, estará completa. “No tengo esto”, “me falta lo otro”, “quiero tener al menos uno de este autor”, “quiero probar uno con tal o cual mecánica”, “quiero esto porque es bonito”… Las excusas que podemos llegar a ponernos a nosotros mismos son infinitas, y asombrosa es la facilidad con la que podemos llegar a crearlas.

Hace poco le mostré, a una persona con bastante más sentido común que yo, mi colección. Orgulloso, la conduje hasta el lugar y dije triunfante: “Y aquí mi ludoteca”. Su respuesta fue palmaria. “¡Oh! ¿Y has jugado a todos?” Es una pregunta obvia, pero no por eso menos descolocante. No. No he jugado a todos. Y, sin saber muy bien por qué, eso me produce algún que otro remordimiento.

No digo nada nuevo si afirmo que el mundo en el que vivimos es de consumo. Y ello implica que hay algo viejo que se ha agotado; y llega una cosa nueva para reemplazarlo. Nos sentimos empujados a buscar la novedad, y a ser poseedores siempre de “lo último”. Es más: parece que todos estamos más o menos de acuerdo en que sin innovación constante el mundo no va a avanzar.

Pero, ¿cómo es posible que seamos capaces de comprar un juego nuevo si en casa tenemos 25 (dato no exagerado) por estrenar? ¿Tenemos miedo de que se agote? ¿Será eso que algunos llaman el “jaip”? Lo absurdo del consumo ha llegado al extremo de que revendemos productos aún precintados, porque sabemos perfectamente que ya no los queremos, que no nos interesan, o que no les daremos ningún uso útil.

Siendo víctima, como lo he sido varias veces, de la compra compulsiva, esa que entra por los ojos y se clava en la conciencia y sólo se va soltando los billetes, aquí nos hemos plantado. En el 2013, y con la peor crisis de estancamiento económico de… (¿qué más da de cuándo? Es una porquería y punto). Y me planteo la siguiente pregunta: en un momento en que el mercado de los juegos está en un evidente crecimiento, digan lo que digan los editores, ¿ha llegado el momento de plantarse? ¿Por qué no aprovechar los juegos que ya tenemos más y mejor? ¿Lo nuevo siempre es lo bueno?

Por eso, he tomado la decisión de, al menos popr un tiempo, poner freno a este derroche sin sentido y redescubrir mi colección, explorarla un poco más y estudiármela mejor, que lo mío me ha costado conseguirla. ¿Por qué no quemar un juego? ¿Tendrá algo de malo eso? Es más… ¡No existen dos partidas iguales!

Pero me temo que el propósito durará poco. Pronto aparecerá ese diseño que siempre he esperado, ese tema que tanto me gusta o esa mecánica que no puedo perderme. Y los jugones, besugos empedernidos, lo compraremos. Lo desprecintaremos, leeremos el reglamento y luego se lo venderemos a alguien. La situación me recuerda, a veces, a la de ese niño pequeño que ignora el regalo que acaban de hacerle y se entretiene jugando con el embalaje.

El que descuida su blog

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Me sorprendo de que los niños crezcan. Escucho con más interés la información del tiempo. En ocasiones como pan integral. Señales evidentes (especialmente esta última) de que me estoy haciendo mayor. Muy a mi pesar.

Tal vez eso mismo es lo que ha hecho que este blog haya quedado descuidado exactamente medio año, cuando la intención del autor era hacer un simple e inocente parón vacacional. Existen varias excusas que explican (que no es sinónimo de justifican) este lamentable incidente. No las expondré por varias razones. Primera, porque los lectores que no me conocen personalmente (supongo que una mayoría) podrían pensar que me las estoy inventando. Segunda, porque no vienen al caso y lo más probable es que no interesen a los amables visitantes de este blog. Y tercera, y más importante, porque todo intento de no reconocer un error propio es lamentable.

Vayan por delante, pues, mis disculpas por este parón inusualmente dilatado. Pero también hay buenas noticias. Este blog vuelve con fuerza, con nuevas ideas y con el compromiso de escribir al menos un artículo con periodicidad quincenal (si se puede más, pues más). Por suerte, este medio año desértico no tiene nada que ver con una sequía de ideas, sino más bien de tiempo libre. El necesario para escribir algo mínimamente coherente.

Para empezar, brindo a los lectores una fotografía de un evento al que tuve el privilegio de asistir (en el encabezamiento de esta misma entrada). Choca, con el frío que está haciendo, que en las imágenes llevemos todos manga corta. Señal de que los hechos ocurrieron en verano, como habrá deducido el perspicaz lector.

Para continuar, quisiera dejar en el aire una simple reflexión en torno al tema que se ha tratado en este blog repetidas veces. Debe quedar claro que no es pensando en nadie en concreto, ni se inspira en un suceso particular. Es simplemente una mera observación de la realidad. Es esta: cantidad no es sinónimo de calidad. Del mismo modo que sospechamos del que afirma tener cien amigos, porque tal vez ninguno sea verdadero (malditas redes sociales que lo fagocitan todo), tampoco es más listo el que ha jugado a quinientos juegos. O conoce quinientos. O posee quinientos.

Cada uno asuma esta reflexión como quiera, como pueda o como sepa. Quien esto escribe es amante de la calidad. Aunque sea en pequeñas cantidades.

Gracias a los que no se han cansado de hacerme una visita de vez en cuando. Trabajamos para que Entre Tableros guste, y así seguiremos.

El que elige mal sus objetivos

Los juegos que incluyen subastas pueden provocar fácilmente que nos equivoquemos de objetivos. En la imagen, Alta Tensión.

Está muy de moda en estos momentos la literatura de la autoayuda. Bueno… Mentira, en estos momentos no. La bromita esta de la autoayuda ya hace años que dura. Lo más antiguo que recuerdo en este sentido son los libros de Paulo Coelho, Jorge Bucay y otros individuos de ese mismo gremio, y ya hace unos añitos que circulan por el mundo. Y es probable que, antes de esos, ya hubiera otras cosas. Lo más curioso es que siempre se encuentran entre los libros más vendidos del mercado.

A pesar de que cada gurú vende de forma distinta su infalible método para ser feliz (con grandioso éxito, como podemos comprobar indefectiblemente día tras día), el discurso predominante es el siguiente: “lucha por tus sueños y conseguirás todo lo que te propongas”. Y no digo que no sea verdad hasta cierto punto, ni digo que sea innoble luchar por los objetivos propios. Pero el verdadero problema es… ¿Y si resulta que en realidad nuestros sueños son una mierda?

Entre tanto consejero que me dice cómo convertir en realidad mis objetivos, echo mucho de menos a alguien que me me guíe en qué objetivos elegir. Cómo elegirlos. Con qué criterio. Si le dan un par de vueltas al tema verán en seguida que no es ninguna idiotez. De mi vida misma podría poner ejemplos de cosas que me he sacrificado por conseguir, y que una vez que las he tenido no han hecho más que traerme problemas, algunos graves. Ahora no quiero aburrir al lector con detalles nimios, pero seguro que si cada uno hace un ejercicio de sinceridad en su fuero interno verá lo que quiero decir. Y si no, mi más sincera felicitación.

Una vez lo viví en el mismo Club Amatent, en una partida al Ciudadelas. Estábamos en la que previsiblemente sería la última ronda del juego, y sólo necesitaba un distrito más para cerrar la ciudad. En la elección de roles me pasaron asesino, obispo, condotiero y ladrón. La jugada estaba clara: con coger el asesino y matar al condotiero tenía suficiente, la ciudad quedaba protegida y la victoria casi segura. Pero como había otro rival que también iba a cerrar la ciudad ese turno, me obsesioné con plantar una carta cara. Así, cogí el condotiero para poder robar algunas monedas extras. El condotiero fue asesinado y perdí la partida. Objetivo equivocado.

Algo parecido me ocurrió jugando al Goa. De hecho, creo que este es un mal bastante frecuente de los juegos que incluyen algún sistema de subastas. Me marqué como objetivo ser, durante toda la partida quien más dinero tenía, para salir con ventaja en todas las subastas. Y de hecho lo conseguí. Sólo me sirvió para quedar el último.

Los juegos, como la vida, nos demuestran que lo mejor no es siempre sinónimo de lo bueno, y que lo que nos gustaría no tiene por qué coincidir con lo que nos conviene. Nos incitan constantemente a que luchemos por cosas, sin obligarnos a parar a pensar, antes, si tienen algún sentido. Estaría bien plantearse que quizás, y sólo quizás, algún día podremos llegar a burlarnos de nuestras propias ilusiones.

Estoy muy lejos de desear que el lector me meta en el saco de los autayudadores profesionales, pero por una vez, le daré un consejo que a lo mejor le es de alguna utilidad en la vida. Sea práctico, amigo lector. No se deje seducir por sus propias ideas. Puede que sean estúpidas. Al fin y al cabo, ganar es lo único que cuenta.

El que agota al rival

Aparentemente, el agotamiento del rival no está en los planes de nadie. O por lo menos, no de entrada. Pero el caso es que muchas veces se da esa situación de hastío mental en la cual ya no importa ganar o perder. Cualquier cosa, con tal que se acabe la partida de una puñetera vez. Y lo cierto es que ganar así es tan legítimo como ganar de cualquier otra forma.

En la vida me he encontrado varias personas dispuestas a no rendirse nunca. Explicado así, pocas personas podrían decir que no es una virtud. Pero a veces les pasa que no encuentran a un adversario que esté a la altura. Esa predisposición a no rendirse nunca resulta cansina para muchos.

Analizando el problema, está claro que no todas las personas le damos el mismo valor al hecho de ganar. Para algunos es una forma de vida, mientras que para otros sólo es una forma de matar el tiempo. Y aún hay unos terceros, entre los que me incluyo, que valoran mucho la victoria, pero que si no la consiguen saben que otro día y en otro juego se darán el placer de ganar. Pero hay un tipo de jugador que está predispuesto a marear al rival hasta que no le quede más remedio que apartarse del juego. Para este adversario, lo más importante no es hacer un juego brillante. No es, ni tan sólo, ganar. Sólo que el contrario se retire. Demostrar que se es más. Y que el otro se ha empequeñecido.

¿Y cómo suelen actuar estos sujetos? Comienzan con una cierta sorna, con un cuestionamiento constante de todo lo que se hace. Que si esta no es la acción pertinente, que si con esta estrategia te voy a fundir, que si no durarás ni dos turnos, que si no te has estudiado bien el reglamento… Que nadie se asuste; eso no suele tener nada que ver con que lo estemos haciendo bien o mal. Como todo en esta vida, es una estrategia. Para que nos sintamos incómodos. Y para que empecemos a pensar que realmente no estamos al nivel exigido.

Otra característica importante del que agota al rival es que es un bocazas. Revela constantemente todo lo que va a hacer (es un tío transparente, eso sí que lo tiene). Tendrá la amabilidad de contarnos, con todo lujo de detalles, cómo piensa darnos la soberana paliza. ¿Verdad que de entrada parece una táctica bastante idiota? Pues no lo es. De esta forma consigue, aunque sea inconscientemente, que las acciones de su rival sean previsibles. Así, prosigue con el objetivo de llevarse la partida a su terreno.

El golpe de gracia es que el que agota al rival hace que la partida se alargue una eternidad. Si ya sus constantes idas y venidas por el reglamento, sus sobrantes comentarios y sus interminables análisis/parálisis hacían el juego más extendido de lo normal, sus acciones de la partida también van encaradas a ese objetivo. Normalmente, llegados a este punto, el rival valora que ha hecho lo que ha podido y se retira. Y no le importa pensar en que aún podía ganar, sólo quiere alejarse de esa mesa de juego.

Ganar porque el rival se rinde no me gusta en absoluto. Siempre me deja en el cuerpo esa sensación tan desagradable de victoria poco digna. Pero no me quejo. Muchas veces, soy yo el que se retira de la partida. A veces una retirada a tiempo es más resultona. Y siempre se puede soltar alguna frase del estilo “con tu pan te lo comas”.

El que pasa la noche en blanco

La noche del 22 al 23 de junio, mientras muchos guardaban energías para la verbena de San Juan, algunos ya quemábamos la noche entre los tableros, aprovechando la nocturnidad para empezar a trazar nuestras estrategias preferidas. L’Espai Jove de Sant Andreu de la Barca, en colaboración con los amigos del Club Amatent, celebró la primera noche lúdica en esta localidad, bajo el título “La noche más corta, la noche más larga de juegos”. Aquí podéis encontrar una pequeña crónica de todo lo que sucedió la que fue (y de verdad) la noche más corta del año.

Todo empezó con una breve cena en la que empezamos a coger calorías para la larga noche que nos esperaba, probando todos los juegos habidos y por haber.

Posteriormente, la noche continuó con una variadísima ludoteca que fue ampliamente explotada por todos. El sistema de funcionamiento es sencillo: todos traemos juegos, todos explicamos reglamentos y todos jugamos. Nuestra pasión nos hace mantenernos toda la noche no sólo despiertos, sino también emocionados, con la sensación en nuestro cuerpo de que hemos invertido bien muchas horas. En la foto, un montón de valientes le dan fuerte al exitoso juego Smallworld.

En la siguiente foto, un servidor se echa un “Ciudadelas” con dos bellas contrincantes, juego que nunca fue terminado. Mejor. En la primera ronda de juego ya llevaba un personaje asesinado y otro robado. Así es imposible ganar una liga. Por cierto, chicas, ¿para cuándo terminamos la partida?

El motivo de la interrupción, cosa que normalmente no permito que suceda, fue por una buena causa. Un torneo de Hanabi, que muy amablemente organizaron los responsable del evento, con el propósito de hacer la jornada nocturna un poco más competitiva. Aquí podéis ver a los ganadores. Entre ellos, dos miembros fijos de la familia Amatent. Enhorabuena, chicos. Que se note que hay nivel.

La noche siguió con un montón de juegos, algunos nuevos. En la siguiente imagen, explico el Race for the Galaxy a algunos de los amigos que se acercaron a jugar con nosotros. Perdí. No era mi noche, eso está claro. Pero no hay problema. Ahora ya estoy seguro que habrá noches mejores.

El juego prosiguió con una agónica partida al Goa liderada por Freddy. No fue la única lección que tuvimos la suerte de recibir de él durante la noche. En la siguiente imagen le podéis ver haciendo de master en el Mansions of Madness.

Por si no hubiera habido suficiente dosis de horror, de primigenios, de monstruos y de otros bichos similares, algunos valientes se atrevieron con un Arkham Horror. Ni más ni menos que a seis jugadores, cuando el juego es una verdadera agonía. Os felicito, chicos. Aguantasteis como campeones mientras yo me dedicaba a estrenar mi Kulami.

Así, horas pasando, cartas jugando, cubos moviendo y algunos dados tirando (yo os aseguro que esto último ni hablar), la noche fue pasando con mucha diversión, estrategias, ansiedades por ganar, victorias, derrotas y algún que otro premio. Casi ocho horas lúdicas ininterrumpidas, pero sobretodo, gente. Porque, para quien aún no se haya enterado, de eso es de lo que van los juegos. De gente. De conocernos más y mejor, de disfrutar de las vicisitudes de una partida pero también de gente maja. Personas de todas las edades, de todas las ciudades y todas las condiciones, unidas con el sencillo y sorprendente propósito de enfrentarse, con la mente, con el ingenio y (por qué no decirlo) con la suerte.

Esto es lo que da de sí una noche de amistad y juegos. Lo bueno es que siempre se está a tiempo de unirse a la fiesta. A quienquiera que lea estas líneas, un apasionante mundo os espera. No necesitáis experiencia previa, ni credenciales. Sólo ganas de disfrutar. Ya estáis tardando.

El que cuida las tácticas pero no la estrategia

Los juegos que recrean batallas históricas. Se han convertido en la quinta esencia de lo táctico. En la imagen, Memoir’44.

¿Qué diferencia hay exactamente entre lo táctico y lo estratégico? Desde que entré en el mundo lúdico he estado haciéndome esta pregunta, y aún nadie me ha dado una respuesta del todo convincente. Quizás lo que más se acerca a una definición exacta es lo que me dijo un compañero jugón de labsk, muy wargamero él: “Estrategia es pensar. Táctica es reaccionar”.

Me gusta este planteamiento. De esta forma, cada cosa tiene sus pros y sus contras. El pensamiento estratégico sirve a largo plazo, pero no tiene en cuenta para nada los imprevistos que surgen en la partida, y eso que hay muchos. El pensamiento táctico te permite esquivar bien las olas y aprovechar el viento, pero no sabes hacia dónde va el barco. Por algún motivo los buenos ajedrecistas opinan que es tan importante lo uno como lo otro.

De todas formas, y después de leer y escuchar muchos debates, me ha quedado claro que la estrategia es la hermana mayor, y la táctica, la pequeña. De hecho, he notado por ahí algún que otro aficionado que desprecia un poquitín esta última. Hasta el punto en que la táctica es “el salvavidas de los que no saben jugar”. Si esto es así sería una lástima, porque el mundo está lleno de buenos tácticos. Son los oportunistas, los que hacen la jugada perfecta en el momento justo. Pero raramente encuentran lo que se llama la “solución de continuidad”.

Ahora desconectemos por un momento del mundo lúdico y pensemos en la profunda crisis económica en la que estamos sumidos. Pensándolo bien, la podríamos considerar perfectamente una crisis estratégica. Nadie pensó en el largo plazo, sino en los beneficios del momento. Daba igual si estábamos en una burbuja o no: lo importante era agarrar el billete fácil, y eso significaba tocho y hormigón. Tácticamente la jugada era inapelable: había empleo, el país crecía y todos nos embolsábamos riquezas con facilidad.

Pero, ¿adónde nos conduciría todo eso? A que, tarde o temprano, toda esa riqueza basada en dinero que no era real acabara volatilizándose. No es que, como se ha dicho por ahí, nadie pensara que podríamos caer en un crack económico de proporciones desconocidas. Es que la táctica era demasiado tentadora como para ponerse a pensar en sus consecuencias.

Lo que sería realmente deseable es tener siempre una estrategia, un objetivo, un “adónde se dirige la nave”. En todo caso, y si la ocasión se lo merece, ya nos ocuparemos de la táctica. Pero avanzar por el camino del oportunismo de día y medio es ir hacia la derrota segura. Es cambiar una reina por un peón. Y es pan para hoy y hambre para mañana.

La política, en los tiempos que corren, es un buen ejemplo de táctica pura. Que nadie se confunda; lo que quiero decir no es que sean todos ladrones, o todos corruptos, o todos idiotas, como se vocifera por ahí. El verdadero problema es que ninguno tiene en la cabeza un plan a largo plazo. Los países europeos han jugado mucho tiempo sin estrategia, con el sistema conocido como “sobre la marcha”. El lector comprenderá entonces que esto no es un problema de uno, ni de dos, ni de cinco años atrás. Viene de muy lejos. Moraleja: el primer movimiento de la partida tiene que ser el más meditado.

Por eso dije anteriormente que en el mundo hay muchos y muy buenos tácticos. Hoy, un cargo y un sueldo. Mañana, ya veremos. Si hay por ahí algún estratega que nos esté leyendo, por favor, que venga corriendo a arreglar esta chapuza. Gracias.

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